Canelones de espinacas con piñones

(blog punt i apart)  por @CarlotaFdz
Hacía ya catorce años que Blas llevaba la vida con la que siempre había soñado, una vida totalmente ordenada. Sus actividades semanales estaban calculadas y medidas al detalle. Se levantaba cada día a las 6:45 de la mañana, iba al baño a orinar y a lavarse la cara, no sin antes haber llevado a cabo una exhaustiva limpieza de sus manos con un jabón especial que nutría la piel. Se vestía con la ropa que su mujer, Leo, le había dejado preparada una hora antes, ya que hacía siete meses que le habían cambiado el horario y ella salía de casa a las 6:30 para llegar al trabajo a las 7 en punto. Blas trabajaba en las oficinas de una humilde redacción que se encontraba en el centro de la ciudad y a pesar de que la empresa no lo exigía, él siempre vestía con traje y corbata. Su hora de entrada a la oficina era a las 8:30 pero él salía pronto de casa porque le gustaba almorzar en El Capricho, no conocía sitio mejor para tomar café. Leo, desde que se casaron hacía ya catorce años, conocía al detalle el meticuloso gusto de su marido y le contentaba siguiendo a rajatabla sus quisquillosas pautas. Se encargaba de escoger su vestuario cada mañana, que incluía seleccionar corbata, cinturón y calcetines a juego; prepararle el bocadillo del almuerzo: atún con tres gotas de aceite de oliva; y cocinar canelones de espinacas con piñones cada jueves por la noche, entre otras cosas. Blas se iba a dormir cada noche a las 22:30, antes de cerrar los ojos sentía una felicidad absoluta, todo en su vida era perfecto, el orden le proporcionaba una paz única.
Una mañana, Blas se despertó de un bote y miró el reloj de la mesita de noche, eran las 6:55, se había quedado dormido. Blas sintió un enorme pinchazo en su pecho, fue al baño y metió la cabeza bajo el grifo para acto seguido, mirarse al espejo con ojos de lunático. “Eres un parásito social, me das vergüenza” murmuró. De repente, Blas notó como brotaba algo dentro de sí, se trataba de una sensación que jamás había experimentado y eso le aterrorizó. Minutos después se sorprendió a sí mismo sonriendo ante el espejo, sentía despreocupación y eso le hacía feliz, ¡Dios Santo! ¡Le hacía feliz! ¿Qué había hecho durante todos ésos años? Fue hacia la habitación y vio la ropa que su mujer le había dejado preparada, la corbata era negra y, por supuesto, los calcetines y el cinturón también. Blas abrió el armario de par en par y descubrió, hundida en el fondo, aquella corbata naranja con topos azules que sus compañeros le regalaron en la última cena de empresa. Todavía recordaba ése día, todos rieron con la broma pero a Blas no le hizo ni una pizca de gracia, a pesar de ello guardó las formas, esbozó una mueca lo más parecida que pudo a una sonrisa y agradeció el regalo. Blas alargó su brazo, sacó del armario la antiestética corbata y se la puso, combinándola con un cinturón verde oscuro y unos calcetines amarillos: era el día de la revolución. Bajó a la calle dando brincos por las escaleras y cuando se disponía a girar, como era habitual, en dirección hacia El Capricho decidió, por impulso, caminar en dirección contraria hasta el Bar Manolo. Se paró en seco antes de entrar, se trataba del local menos refinado de la zona así que se despeinó locamente y se desabotonó la camisa. Subió los dos escalones de la entrada y justo antes de abrir la puerta pudo ver, a través de los cristales, a su mujer acariciando el brazo del que había sido su antiguo compañero de la Universidad, Rodrigo. Rodrigo y él siempre habían mantenido una cordial amistad a pesar de que Blas no entendía muchas de las cosas que hacía Rodrigo, como presentarse ante sus amigos más elitistas como Rodry. Además, tenía una obscena manera de expresarse y de vestir, a la vista de la gente Rodrigo podía llegar a parecer un asqueroso liberal. A Blas no le faltaron motivos para, siete meses atrás, tomar la acertada decisión de cortar en seco la relación con Rodry, pero al parecer Leo no había hecho más que alimentarla. De repente Blas se sintió frustrado, deseaba entrar y reventarle los sesos a Rodrigo pero él tenía clase y no podía permitirse montar ése tipo de escándalos así que decidió marcharse por donde había venido. Blas llegó diez minutos tarde al trabajo, al entrar se encontró con los rostros preocupados de sus compañeros, él nunca se demoraba. Todos se quedaron perplejos al verle aparecer con ése aspecto pero Blas no hizo ningún comentario al respecto, atravesó el pasillo apresuradamente, entró en su despacho y cerró con un fuerte portazo. Se pasó el día con la mirada perdida, sopesando lo ocurrido. Cuando plegó pasó por El Capricho y tomó una taza de café con leche acompañada de dos cruasanes, no podía dejar de pensar en La Gran Catástrofe, ansiaba despertar. A las 19:00 salió de la cafetería y cogió un bus que le dejó cerca de una tienda de las afueras donde compró un cuchillo de caza. Para volver a casa cogió un bus y un metro, no tenía ganas de andar por la ciudad ni de encontrarse con nadie. Abrió sigilosamente la puerta de la entrada y entró despacio, en mitad del pasillo se detuvo para oler el aroma de los canelones de espinacas con piñones, con todo el jaleo había olvidado que era jueves. Su mujer le vio al pasar por el comedor y, asustada, dio un gran salto hacia atrás.
– ¡Por el amor de Dios, Blas! ¿Por qué entras a hurtadillas? Casi me matas del susto… – Asombrada, Leo observó el pintoresco aspecto de su marido que todavía llevaba puesta la espantosa corbata naranja – ¿Por qué vas así vestido?
– Solo… solo era una broma. – Dijo Blas con voz temblorosa –
– Anda, siéntate a la mesa. Hoy toca tu cena favorita…
Blas parpadeó un par de veces y le pidió disculpas a Leo, fue a la habitación a dejar sus cosas y escondió el cuchillo en el cajón de su mesita de noche. Esa noche Blas y su mujer cenaron juntos canelones de espinacas. Al día siguiente Blas se levantó a las 6:45, se vistió con la ropa que Leo había escogido y fue a almorzar a El Capricho. A las 8:30 ya estaba en su despacho trabajando.

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